27 enero, 2009

Sigue el camino de baldosas amarillas...




... y llegarás a la Ciudad Esmeralda, totalmente destruida.
Todas las personas están convertidas en piedra.
 Sólo escucharás el chirriar de los rodadores, pues no se desplazan mas que por ruedas, como si fueran patinadores malignos que quieren arrebatarte tu gallina. Se esconden. "Ven aquí, gallinaaaa!"

Ya llevo algunas horas en Oz, o al menos eso me parece a mí. Qué desolación. Parece que me sumo en tinieblas cada vez que miro atrás la calzada hecha en un montón de mierda de yeso amarillo. Los adoquines destrozados hacen que tropiece y caiga varias veces, pero no dejo de correr, porque un silencio ensordecedor me abruma y me grita que corra, adonde sea, y da igual el paradero porque el rey gnomo me está vigilando. Las piedras te observan con sus ojos de agujero; incluso a veces sonríen con su mueca congelada. "Majestad: ha regresado a Oz".

Una pintada roja en una pared de la destruida Esmeralda: "BEWARE WITH THE WHEELERS". No me acuerdo de ellos. Las bailarinas han perdido la cabeza. Están decapitadas, pero parece que sigan bailando, convertidas en piedra blanca. Una mujer lee hojas de caliza, y los paseantes han muerto sin despedirse de su último movimiento. Un chirriar y una voz áspera me habla casi desde la nuca. No paran de reir y emitir cacareos. Entre mis brazos, Pelirroja está casi aplastada y me indica un posible escondrijo. Nos ocultamos detrás de una pared, tengo la llave de "OZ" que encontramos en el corral de Kansas.

Ozma me ha abandonado. Puede que muriera en el maremoto, que ahora se ha convertido en tierra y piedras. Es el Desierto de la muerte, que rodea Oz. Cuando estuve, volé por encima en mi antigua casa. Si alguien lo toca, se convierte en arena.
No puedo ir a ningún sitio. Ojalá esta fuera otra de mis pesadillas, pero este aire pesado y con olor a cal, con gusto a ruinas, y música del viento me hace recordar que esto no es mi casa, la muerte está presente a cada paso, pisando miedo y cabezas. Las piedras me miran desde abajo, a ras de muerte. El cielo es gris como una lápida, y parece inmóvil, vigilante, no está, acecha.

Si pudiera hacer algo, lloraría como en un cementerio. Sólo en un cementerio lloras de forma diferente, como si llorases rocas en vez de lágrimas: frío, soledad, viento silbante sin ventanas. Las cortinas están colgadas y no puedo verlas, pero se mueven. Es la quietud, no me espero tanta quietud en cualquier lugar del mundo. Tanta frialdad, la frialdad arenosa de la piedra, que ves que te sonríe, no cambia el gesto. Miras atrás, te vuelves a girar y ya no te observa... si sólo es una piedra.

Se me atranca la respiración entre el pecho y la garganta. Por más fuerza que haga, no puedo calentar mi aire. Es mi tráquea una bara de hierro, una tubería rota, y no sé por qué no logro acompasar los tiempos de mi corazón. Las baldosas están quebradas, partidas en varios trozos. Entre los huecos hay ojos que me observan, y sólo a mi, porque sólo estoy yo y no sé salir. Y yo me pasaría horas observando y sin ser consciente de porqué ni adonde, pero al menos podré creer que estoy viva de miedo en la tierra de Oz.

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